‘Tuve suerte’: Conductor chino de Uber que fue liberado relata cómo fue detenido por ICE

El 19 de mayo, Zhang pasó por Chinatown mientras conducía para recoger a un cliente habitual con destino a O’Hare.

Crédito: Yonggang Xiao/Chinatown Spotlight

Por Yonggang Xiao

Chinatown Spotlight

“Parecía una pesadilla”.

Eso fue lo que pensó X. W. Zhang al salir finalmente del Centro de Procesamiento North Lake en Baldwin, Michigan, tras pasar más de dos meses tras las rejas.

A finales de 2025, Zhang, de 56 años, se encontró en una localidad desconocida, a 260 millas de Chicago, rodeado de nieve que le llegaba a los tobillos. Este inmigrante, originario de la provincia de Shandong, en el noreste de China, permanecía tiritando bajo un viento helador y vestido únicamente con una camisa delgada. 

Durante su detención, le confiscaron todas sus pertenencias, excepto su teléfono móvil.

“Me detuvieron de la nada y me dejaron en libertad en medio de la nada”, comentó Zhang, aún desconcertado. Hasta el día de hoy, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) nunca le mostró una orden judicial de arresto y fue puesto en libertad bajo fianza sin recibir ningún comprobante de pago.

Zhang encarnaba a la perfección al inmigrante recién llegado, trabajador y bondadoso, que lucha por alcanzar su propia versión del “sueño americano”. Tras huir de los severos confinamientos de la época del COVID-19, llegó a Chicago por su cuenta a principios de 2023 para solicitar asilo político.

Una vez que obtuvo su Documento de Autorización de Empleo (EAD), trabajó incansablemente en cocinas de restaurantes. En cuanto ahorró lo suficiente para comprarse un auto, se registró como conductor de Uber. Gracias a las excelentes valoraciones de los usuarios, obtuvo una calificación de 5 estrellas en la aplicación de transporte compartido.

Fuera del trabajo, Zhang iba construyendo su nueva vida en Estados Unidos con una disciplina silenciosa. De lunes a jueves, pasaba las mañanas en un centro comunitario, inclinado sobre los libros de texto de inglés. Los domingos, asistía a los servicios religiosos en una iglesia de Chinatown.

Un día del mes de octubre pasado, la sensación de seguridad que Zhang había experimentado resultó ser ilusoria. Fue interceptado por agentes del ICE en la zona de espera para vehículos de transporte compartido del Aeropuerto Internacional O’Hare y se convirtió en uno de los doce conductores inmigrantes atrapados en la redada.

Zhang recordó el momento en que un agente del ICE se le acercó y le preguntó si tenía una “green card” (tarjeta de residencia permanente) o si era ciudadano estadounidense. Fue esposado en el acto, a pesar de que podía presentar su documento de autorización de empleo (EAD como prueba de su estatus legal.

Al igual que muchos estadounidenses que creían en la afirmación de la administración de Trump de que solo se perseguiría a quienes tuvieran antecedentes penales, Zhang quedó atónito. Nunca había sido sancionado por infracciones de tráfico.

Poco después, se vio inmerso en un agujero negro burocrático. Durante los tres primeros días, compartió una celda de detención estrecha y helada con docenas de detenidos igualmente desconcertados en el Centro de Procesamiento de Broadview, sin saber en absoluto qué le deparaba el futuro. Luego, fue trasladado, esposado y encadenado, a más de tres horas de distancia, hasta North Lake, una enorme instalación gestionada por el conglomerado de prisiones privadas GEO Group.

“Nos sometieron a registros corporales completos, como delincuentes, y nos obligaron a ponernos uniformes de prisión. A cada uno solo nos dieron una cobija pésima”, contó Zhang. La “cobija” era una cubierta acolchada y desgastada, del tipo que se utiliza para envolver grandes cantidades de objetos.

“Estaba tan deteriorada que el más mínimo movimiento desprendía una nube de diminutas fibras. Como la ventilación de las celdas era muy deficiente, esas partículas flotaban en el aire e irritaban nuestras fosas nasales, provocándonos tos constante”, agregó.

A medida que pasaban las semanas, la cordialidad inicial de los guardias dio paso a la hostilidad, y las raciones de comida se redujeron a una rebanada de pan y unos pocos frijoles. “Los hombres más jóvenes, de unos veinte años, pasaban prácticamente hambre”, comentó Zhang. “Un día vi a un joven desmayarse directamente en el suelo”.

Según datos de ICE difundidos por Michigan Public Radio, casi nueve de cada diez detenidos en North Lake nunca han sido acusados ​​de ningún delito penal. Para Zhang, esta estadística constituye una prueba condenatoria de un sistema de control migratorio que detiene a los inmigrantes de forma indiscriminada.

“Al menos deberían darme una explicación [sobre mi detención] o rechazar mi solicitud de asilo a través de las vías legales adecuadas antes de destrozar mi vida”, compartió Zhang. “En cambio, simplemente encierran a la gente a ciegas. Una vez que se dan cuenta de que han detenido a las personas equivocadas, simplemente las devuelven a la calle con total impunidad”.

Abrumados por una espera que parecía interminable, algunos de los compañeros de celda de Zhang firmaron acuerdos de salida voluntaria sólo para escapar de esas cuatro paredes, aunque la firma del acuerdo no garantiza una liberación inmediata.

“Conocí a personas que habían firmado esos papeles hace meses, pero que seguían encerradas”, dijo.

Al final, fue la solidaridad de su comunidad lo que salvó a Zhang. Logró utilizar los teléfonos 

públicos del centro para avisar a unos amigos en Chicago, quienes recaudaron fondos para contratar a un abogado de inmigración y conseguir la libertad bajo fianza para él.

Su salida fue tan arbitraria como su llegada. Dos días antes de la Nochevieja, un guardia lo llamó y le dijo que podía irse, sin entregarle ningún tipo de documentación.

De vuelta en las calles conocidas de Chicago, Zhang intenta rehacer su vida mientras su caso de asilo avanza por el sistema de las cortes de inmigración. El trauma persiste: cada vez que pasa por el estacionamiento del aeropuerto O’Hare, siente una punzada de ansiedad. Sin embargo, está más decidido que nunca.

“Tuve suerte; tal vez fue Dios sonriéndome”, contó Zhang en voz baja. Aunque se prepara para su próxima batalla legal, está decidido a vivir su vida como antes y a hacer aún más.

“He recibido mucha bondad de la gente en estos últimos años”, dijo Zhang. “Quiero contar mi historia, pero más que eso, quiero volver a mi iglesia y a mi comunidad y servirles de cualquier manera que pueda”.

Traducido por La Voz Chicago


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